Este es el último post acerca del viaje hecho en Noviembre del 2009 a la comunidad Wichí en el Potrillo, muy cerca de la triple frontera entre Argentina, Paraguay y Bolivia.
Nuestra estadía en la comunidad fue solamente por poco mas de tres días. No muchos, sin embargo nos dejaron una profunda experiencia de vida y aprendizaje. Habíamos hecho el viaje con la idea de dar algo a la comunidad y terminamos recibiendo muchísimo.
Para la vuelta, hay solo dos vehículos por día que regresan a Ingeniero Juarez. Nosotros ibamos a tomar el que sale después del mediodía.
Lo inesperado fue justo unas horas antes de nuestra partida. Cuando se acercaron varios amigos de la iglesia con sus sonrisas generosas regalándonos las artesanias hechas por ellos en muestra de gratitud. Nos sentimos entre agradecidos y avergonzados con estos presentes. Ellos en su escases fueron mucho mas generosos con esa muestra espontánea de amor fraternal.

Luego tomamos el mismo colectivo que nos trajo. Me pregunto si los que diseñaron ese colectivo tendrían idea de cuan útil terminaría siendo a las comunidades wichís en medio del monte chaqueño.

Nos despedimos con oraciones y buenos deseos. Solo Dios sabe cuando volveremos a vernos para seguir charlando de las cosas que tenemos en común y de historias y de sueños.
La vuelta fue tan polvorienta como la ida, pero esta vez gracias a nuestros hermanos wichis teníamos dos botellas de hielo cada uno para paliar un poco los tal vez 40 grados de la tarde. El colectivo antes de llegar a cada paraje disminuía velocidad y tocaba bocina; de esta forma los paisanos tenían tiempo para apurarse y tomar el colectivo.

Hicimos noche en Ingeniero Juarez en casa de una familia de origen Wichí que nos ofreció su mejor techo.

Gracias a Dios, esa noche llegó la lluvia esperada con tormenta de truenos y relámpagos. Nos enteramos luego que la lluvia continuó. Que la temperatura mejoró aunque esto trajo también que el camino principal quede inútil para transitar; lo cual origina penurias para los pobladores del Potrillo que tienen que viajar por necesidad.
Algo en especial que recuerdo de esa noche fuer el aroma tranquilizador y refrescante del palo santo. En el patio de la casa había una carpintería y gran cantidad de esta madera preciosa que impreganaba todo con ese perfume tan natural y pacificador.
Al día siguiente, iniciamos nuestro trayecto de vuelta. Primero Formosa capital, luego Rosario y por último Retiro terminal. Un trayecto largo para entrar en contacto con la otra realidad mas visible de nuestro país.

Quiera Dios que algún día, en nuestra Argentina estas distancias se hagan mas cortas y al mismo tiempo crezca el respeto a nuestras culturas indígenas. Que estas comunidades ignoradas encuentren su lugar en nuestra sociedad, para que ellos también tengan algo para aportar a nuestra sociedad tan huérfana en valores como respeto, humildad y honestidad.