En tiempos remotos, en una tribu de Aotearoa (Nueva Zelanda), vivía un joven llamado Rata. Cada mañana Rata veía a los pescadores de su tribu empujar dos wakas (canoas) por la playa rumbo al mar. Una vez en el agua las wakas se alejaban mar adentro en busca de la provisión diaria de alimento. Ya por la noche a su vuelta los pescadores regresaban con sus wakas llenas del producto de la pesca.

Si bien Rata disfrutaba de todo aquello se daba cuenta también que la cantidad de pescado no era suficiente para alimentar a su tribu. Un buen día se dijo a sí mismo: "Debe haber alguna manera de traer mas pescado para alimentar a nuestra gente" y pensó con mas claridad: "iré al gran bosque de Tane para buscar un árbol suficientemente grande. Lo cortaré y haré con él una waka mucho mas grande y resistente que las que tenemos. Cuando esté terminada tallaré en su casco las historias antiguas de mi tribu. Será una gran waka que llevará con orgullo muchos hombres y abundante pescado para alimentar a todos"
Sin perder tiempo comenzó su labor. Blandió el hacha y empezó a dar golpes certeros al gigante. Una y otra vez las astillas de madera escapaban del filo cortante. Pasaban las horas y el sudor empapaba a Rata pero no a sus ánimos jóvenes y fuertes.
Cuando la luz de la tarde anunciaba la noche, el magnífico Totara crujió en su fortaleza y se derrumbó con estrépito en el bosque. Rata extenuado del esfuerzo descansó su herramienta y vio con orgullo el fruto de su primer día de trabajo. Satisfecho y antes de la caída de la noche regresó a su casa.
Al día siguiente muy temprano Rata salió a continuar con su plan, esta vez empezaría a moldear en el tronco la estructura de su gran waka. Caminaba entusiasmado de vuelta al lugar del Totara derribado. Sin embargo, cuando llegó, para su gran sorpresa el gigantesco árbol ya no estaba en el suelo sino de pie allí frente a él. Formidable y erguido como si nada hubiera ocurrido. Rata no lo podía creer. "¿Habré estado tan solo soñando?" se decía una y otra vez "Pero ¡Se sentía tan real!"
Trataba de explicarse una y otra vez lo sucedido pero no salía de su perplejidad. Finalmente y con resolución decidió no rendirse y abandonar el sueño de su gran waka y comenzó otra vez su labor con el hacha. Para el fin de la tarde, una vez mas el inmenso árbol rompió con estruendo la quietud del bosque en su caída. Rata, esta vez con una mezcla de cansancio y perplejidad se dirigió a su casa a descansar luego de la dura jornada.
A la mañana siguiente muy temprano volvió al mismo lugar y para su asombro el magnífico árbol de Totara estaba nuevamente de pie con toda su corteza intacta y fresca como el primer día. Ahora sí, Rata estaba furioso y convencido de que alguien estaba burlándose de el, algo insoportable para su orgullo juvenil. Entonces pensó en un plan.
Trabajó todo el día como los anteriores y ya cuando la noche caía el imponente Totara se desplomó otra vez. Rata recogió todas sus cosas y caminó como volviendo para su casa. Se alejó lo suficiente hasta que los sonidos de la noche lo escondieron y eligió ocultarse entre unos arbustos pequeños y esperó hasta el caer de la noche profunda.
Pasaron horas en el bosque y las estrellas ya reinaban en lo alto. De repente el silencio nocturno se rompió al canto y vuelo de muchas aves, tal si fuera mediodía. Rata intrigado por el alboroto se asomó detrás de un viejo tronco y para su asombro vio lo mas fantástico que jamas se hubiera imaginado. Miles de insectos y aves del bosque colocaban en su lugar cada pequeño pedazo y astilla del árbol que el hacha había cortado. También estaban allí los patupairarehe, los niños mágicos de la noche cantando una karakia (oración) a Tane. Así, ante los ojos incrédulos de Rata, lentamente el gran árbol de Totara se ponía en pie nuevamente.
Rata temblando de emoción por semejante visión salió de su escondite y preguntó: "¿Por qué me hacen esto? ¿Díganme se los suplico?" Al instante todos se detuvieron sorprendidos. Perplejas las criaturas del bosque miraron a los ojos de Rata y luego de un silencio dijeron en voz suave: "Hacemos esto porque no pediste permiso a Tane el dios del bosque, nosotros somos los guardianes del gran bosque"Rata calló y no supo que decir pues estaba avergonzado. Recordó que en su apuro por construir su waka, había olvidado pedir permiso a Tane antes de entrar a tomar algo su bosque. Su corazón entonces se llenó de tristeza y sin mas palabras dio media vuelta y caminó de regreso a su casa.
Al día siguiente, con los pensamientos mas claros reflexionó y pensó que tal vez Tane escucharía su petición. Entonces cantó una karakia disculpándose por su descuido y pidiéndo permiso para hacer del gran árbol de Totara una waka que llevaría el alimento necesario para todos en su tribu.
Una vez hecha su karakia Rata calló y esperó. Cuando la quietud del silencio parecía inundar las esperanzas de Rata llegó una brisa que acarició su cabeza en un suave remolino. Así Rata entendió que Tane le respondía con su aprobación.
Esta vez, para cuando Rata llegó al lugar del árbol de Totara, el gigante ya se encontraba yaciendo en el suelo del gran bosque. Los pájaros e insectos ayudaron a Rata a trabajar la roja madera de Totara. Juntos formaron el casco y ahuecaron la frondosa madera. Los patupairarehe cantaron nuevamente una karakia de arte y Rata veía como sus manos tallaban hermosas formas que contaban el gran pasado de su tribu.

Así el gran Totara se convirtió en una formidable nave. Adornada con arte la gran waka llevaba con orgullo a los hombres de la tribu. Esta vez Rata navegaba con ellos sentado en la proa rumbo hacia el océano en busca del sustento para su tribu.
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